lunes, 26 de febrero de 2007

OIR EL MAR


Las olas rompen con reflejos de luz crepuscular. El aire me está sedando. Estoy plácidamente sentado en la arena y no he podido refrenar mi cerebro. Las imágenes lo han tomado por asalto, igual que los sentimientos al espíritu. Si pudiera vaciarme de pensamientos, nadar, caminar…

Pero no. Suaves toques de piano surgen del ruido de la espuma. Personas, secuencias, tramos de caminos, patios nocturnos, calles sucias, pantallas, fotos blanco y negro, todo va apareciendo en prolijo desorden.

Seres que me hablan, aún, entre nubes de humo en noches de rock, en asientos de tren a las dos de la mañana, en carpas bajo lengas en el sur, en hoteles con ratas de Buenos Aires. Voces en la villa miseria de Retiro, caminando entre charcos, con vista al Sheraton. Voces en medio del silencio de la demolición, los pies en los escombros de la futura 9 de julio. Voces en el trágico final del Huevo de la Serpiente, en un cine de Libertad. Voces en hoteles baratos de Avenida de Mayo o en lentos trenes rumbo a las montañas.

Personas que salen de la nada, como si vinieran de un sueño, y se sientan a tomar mate, a escuchar Bill Evans o el Blues de Cris, a hablar de poesía, de montañas y de guerras. Gente que viaja y escribe en pequeñas Olivetti , que atesora cassettes con grabaciones piratas de recitales, que cuida , regala o pierde innumerables discos de vinilo . Que deambula por Corrientes y se detiene en La Giralda, que obsequia sus escritos oliendo a Rotaprint . Gente sin plan, sin discursos, que tiene visiones, que siente el impulso de arrojarse a las estrellas desde el puente de un río. Hacia abajo. Y lo hace. Y vive. Gente que es tragada por la tierra, por los abismos. Gente que desaparece entre fantasmas que aparecen. Gente que a veces muere, o anda en nubes altas que a veces bajan. Gente de distintas ciudades, viajeros de trenes sucios , pilotos de destinos comunes buscando tesoros en los resquicios del asfalto. Sin mapas, sin información satelital ni servicios de inteligencia, sólo el corazón emitiendo frecuencias notoriamente discordantes e inexplicablemente fuera de ritmo de los semáforos. Ondas de intercomunicación de una suerte de tribu cuyos integrantes viven desperdigados por los barrios y ciudades. Y en determinadas circunstancias inexplicables, se movilizan hacia imprevistas y extrañas reuniones en las que no se promueve la venta de nada, no se dan premios ni medallas ni se dicen discursos, arengas o consignas.

Poetas, músicos, dibujantes que hacen diez, cien, mil kilómetros para encontrarse en un Once angustiante, o en plazas mágicas o tenebrosas, o en Corrientes y Talcahuano, en medios días grises, esquivando, a veces enfrentando las piedras filosas y viejas del hastío mundano. Humo. Recuerdos. Café. Abruptos encuentros casuales en bocas de Subte , improvisados u organizados recitales de poesía, intercambio de papeles , mensajes, copias, direcciones, teléfonos.

Puedo ver largas filas de mesas vacías en bares de Buenos Aires y recordarlas repletas de cerveza, tintineos de vasos, risas, algunas notas de guitarra. Y poemas.

Hay que saber pisar la espuma del mar. Dejarse envolver por la playa, mirar el horizonte, oler y saborear la sal ancestral. Escuchar el mar. Tiene historias ocultas, jeroglíficos, mensajes en código. Afortunadamente, incomprensibles.


José Luis Lucá 1997